viernes, 5 de septiembre de 2014

Al autoritarismo le gusta marcar una línea difusa que amenace a los individuos con voluntad de quedarse en el otro lado. Porque las cazas de brujas precisan de un grito, no de guerra, sino de denuncia: ¡Bruja!

Blog Postpolitica

sin el permiso del autor, solo con nuestra callada admiración por moverle el esqueleto a nuestra consciencia (clulosijoernande)


 


"Yo no escribo libros; fabrico apisonadoras."

Publicada el 3 Ee septiembre Ee 2014 a las 6:20



Es la respuesta que doy cuando alguien me para en un lugar público y me reconoce como escritor. ¿Y cómo rayos consiguen identificarme? Ni idea. Odio, detesto la fama. Ella no supone ningún precio a pagar por ningún éxito, sino el impuesto revolucionario que te intenta cobrar esta mafia de zascandiles del mal llamado “mundo de la cultura”. O peor aún llamados, los “intelectuales”. ¡Vaya cuadrilla de vagos!

Y es que la fama del escritor es la peor. Peor aún que la de un actor que se parapeta en un personaje con el que inevitablemente van a identificar. Peor también que la de una modelo que mantiene virgen su persona tras una imagen jpg. Peor incluso que la de un futbolista de élite que en su foro interno e íntimo, al final del día, se descojona de la situación de verse multimillonario por dar patadas a la pelotita. La fama del escritor es de otra naturaleza: se le reconoce por haber cometido la insensatez de extirparse las vísceras para encuadernarlas en forma de libro. El escritor es un carnicero que se descuartiza a sí mismo, pesa la chicha magra, y se la entrega al editor que da a la manivela de la máquina para que salga el chorizo. La literatura es un proceso así de desagradable. El abuso y la exposición a la que se somete un escritor desgastan más que el tute que se pegan los concursantes de Gran Hermano con sus posteriores tours por la televisión. Quizás para algunos la fama sea una forma de vida. Pero en lo que respecta a un escritor, la fama es un cáncer. Los hay incluso que hicieron de ese Cáncer, otra forma de vida, como las industrias farmacéuticas o Michel Houellebecq.

Reivindico el anonimato, en pleno S.XXI, como única vía de creación artística. Como no sabemos quién pintó las Cuevas de Altamira, como no sabemos el nombre de quien plantó los Toros de Guisando, como no sabemos quién compuso La Tarara… el arte seguirá abriéndose paso si el artista renuncia a sí mismo y a esa cutre-matrix de la fama. Es una reivindicación perdida, lo sé, dirán que no tiene sentido… pero me consta que la guerra cultural que se libra consiste en un Big Data monstruoso lleno de autores con sus derechos que crece y avanza, contra unos pocos artesanos que siguen cumpliendo con su deber y creyendo -qué ingenuos- que en el arte se oculta una poderosa bomba atómica. Yo estoy en el bando de estos últimos. Soy un creyente, así de contumaz, así de ingenuo.



Categorías: literaturaarte

Yo pertenezco a la Casta

Publicada el 16 Ee julio Ee 2014 a las 7:55


Debatir sobre política en España se reduce (y siempre se ha reducido, admitámoslo) al arte de la eufemia y de la infamia; un partido de tenis consistente en difamar con discursos que suenan a otra cosa mientras se restan las bellas palabras servidas. Eso es, en definitiva, un debate político que no sólo es que se fundamente en la palabrería más hueca, sino que dicho “debate” resulta ser, en sí mismo, un eufemismo neto: nadie debate nada.

Y en esa simulación circense del blablablá en la que todo es bluf, las voces aparecen y desaparecen al último grito del mal gusto; en los últimos meses (y con seguridad en los próximos) la palabra de moda está siendo y será “casta”. “Ser de la casta”, “pertenecer a la casta”, “hacerse de la casta”… Decir “casta” es in hasta que la imposición de la prensa rosa-política y la sepia-económica digan otra cosa. El término fue una invención no de Pablo Iglesias Turrión como se piensa, sino de una Extrema Izquierda italiana en la que el líder de Pokémon se inspira constantemente rozando el calco, la copia o hasta el más descarado plagio. El caso es que la palabra ya se encuentra en circulación y su uso está en boca de los portavoces de los grupos de poder españoles, tanto periodísticos como políticos. Y cuanto más se usa, más se obvia la solemne gilipollez que hay detrás del término.

Y digo detrás, porque dentro de ella no hay nada: “casta” es el enésimo eufemismo que define a brocha gorda al enemigo a eliminar por parte de la fuerza autoritaria de turno (en este caso, la venidera). Las fuerzas inquisitoriales (y no importa de qué sesgo: fascistas, comunistas, anarquistas, religiosas, ateas… las que sean) siempre necesitan un saco donde meter a todo aquel que amague con delatar los abusos del poder. Las listas negras necesitan una etiqueta, un encabezamiento aún más negro, siempre en negrita. Al autoritarismo le gusta marcar una línea difusa que amenace a los individuos con voluntad de quedarse en el otro lado. Porque las cazas de brujas precisan de un grito, no de guerra, sino de denuncia: ¡Bruja!

En España, en los próximos años, esta palabra gritada será "casta". En la última década, desde 2001, a nivel global (no sólo en España sino en todo el mundo) la palabra arrojadiza fue (y por supuesto seguirá siendo durante la dictadura mundial del ZOG) la voz“terrorista”. Basta que alguien señale a otro al grito de terrorista, para convertir la vida de ese señalado en una tortura del averno dantesco. Puesto que no son necesarias pruebas para condenar al ostracismo: basta con un dedo índice y una palabra gatillo. Durante el franquismo fue la palabra “rojo”. Para el nacional-catolicismo fue “ateo”. Para el Comunismo fue “burgués”. Para los norteamericanos fue “los rusos”. Para los talibanes fue “los infieles”. Toda corrupción de poder busca unos cabrones expiatorios sin más cohesión de rebaño que una palabreja vacía de contenido. En vista de lo que se está desarrollando en España para los próximos diez años, esta función aglutinante la desempeñará la palabra“casta”. Porque con conocimiento de la auténtica causa y el efecto poderoso de este concepto tradicional, lo que está ocurriendo ahora mismo en España (y de forma paralela, en otros lugares del mundo) es el colapso de la tiranía de la casta de los comerciantes y el advenimiento de otra tiranía aún peor si cabe: no es ninguna Dictadura del Proletariado al uso teórico marxista, no se trata del gobierno de los trabajadores, los obreros, los esclavos… es otra cosa, nueva, inédita en la Historia y con función epilogal de la misma: la venganza final de los dalits, la tiranía de los descastados.



Con propiedad: Casta es la versión visigoda-germánica (Kasta) derivada de la indoaria sánscrita Varna, concepto que no se deja aprehender desde posiciones sociológicas. La casta no es una “clase social” al modo de Marx o Weber, ni guarda relación con ese palabrejo de la “posición socio-económica” de los modernos. Varna es, en definitiva, la “cualidad” (el “color” ) del nacimiento de un ser humano, la configuración vital a través de la cual un individuo se relaciona con su comunidad. No es una raza biológica ni una clase social; es la cualidad espiritual del individuo. Es decir: ese individuo puede nacer en una familia de millonarios y después puede vivir como pobre y morir en la miseria… no importa: seguirá perteneciendo a una casta determinada. Casta es, en su sentido eminente, nuestra predisposición innata a la plenitud y el desarrollo, desde unas coordenadas vitales que conviene conocer. No a través de una “conciencia de clase” (concepto marxista que extrapola el “pecado original” judeocristiano) sino de una autología délfica, un severo examen personal, una toma de conciencia de nuestra identidad espiritual. Eso es, de veras, la Casta: el “qué hacer” de Ortega y Gasset, nuestro “pie forzado” del poeta que somos.

Hay dos modos de estar fuera de las castas: uno, escaso, a través de su límite superior, como “liberado en vida”; y otro, hoy mayoritario, a través de su límite inferior, como hombre-masa infrahumano. Hablar sobre el primer modo ha perdido su sentido pues las circunstancias actuales no permiten esa transcendencia superior de nuestras condiciones existenciales. Es cierto que en todas las sociedades ha habido jivanmuktas, liberados en vida, dentro de los más diferentes contextos sociales y profesiones. Incluso durante el S.XX hubo, aun con cuentagotas, individuos que trascendieron, también fuera del anonimato (tal y como suelen darse). Quizás cada sociedad tuvo al menos un jivanmuktadurante el S. XX; por ejemplo, la española tuvo a Salvador Dalí; la alemana tuvo a Carl Orff; la italiana tuvo a Julius Evola; la francesa tuvo a Auguste Rodin; la bohemia tuvo a Rainer Marie Rilke… y la norteamericana tuvo al que yo considero la última manifestación no-anónima de jivanmukta: Bobby Fischer, el espíritu de influencia más incomprendida y poderosa del mundo en el que aún vivimos. Después del Grandmaster de Chicago, las puertas de la trascendencia se han cerrado.


Con la vía trascendente cerrada, sólo resta un modo de no pertenecer a la casta: por la vía inferior, a través del embrutecimiento. Son los descastados que hoy son mayoría y que gobiernan desde la misma, absoluta o relativa. La tiranía del número que crece en una secuencia con tendencia a un infinito inalcanzable. Esta masa paria de nuevos ricos, horteras, intelectuales, universitarios, demócratas, urbanitas y mariquitas, son los que se alzarán como “clase gobernante” cuando los usureros acaben de chupar la poca sangre que ya resta en las venas de una humanidad desvitalizada. Es la Dictadura Final de los dalits. Desconfía de todo aquel que hable de “trabajo” sin haber cogido en su acomodada vida una azada, y mucho menos, ninguna hoz ni ningún martillo. Pertenecer a una casta supone, antes de cualquier privilegio, aceptar el deber, el rigor, la severidad, la disciplina, el sacrificio, la contención, la austeridad, la firmeza, la responsabilidad, el esfuerzo, la pureza, la lealtad, la dureza. Todo esto (tan poco de moda hoy) es pertenecer a la Casta. Y yo pertenezco a la Casta, la mía, aquella cuyo menester no es otro que a través de mi arte, hacer la guerra.


Categorías: nacionalEspañapolitica

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